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El pasajero de medianoche

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Era una noche oscura y fría, y las luces del tren brillaban débilmente en la distancia, como si fueran faros perdidos en la neblina espesa. El viento soplaba con fuerza, y el silbido del tren resonaba en la quietud del paisaje nocturno. Dentro del vagón, los pocos pasajeros se acomodaban en sus asientos, ajenos a lo que estaba a punto de suceder. Sofía, una joven que viajaba sola, observaba a través de la ventana, sintiendo el vaivén del tren como un arrullo que le provocaba somnolencia. El destino de su viaje no importaba mucho; ella solo deseaba llegar a su destino, escapar de la rutina diaria que la había ahogado por meses. Sin embargo, esa noche no sería una cualquiera. El tren avanzaba a gran velocidad cuando, de repente, un leve crujido se escuchó desde el vagón trasero. Sofía levantó la vista, inquieta, pero pronto desestimó el sonido. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a los ruidos extraños en los trenes. Sin embargo, la atmósfera dentro del vagón comenzó a volverse extraña...

El último mensaje

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  Una tarde cualquiera, mientras revisaba mi correo electrónico, algo extraño apareció en la bandeja de entrada. No era un correo cualquiera, ni siquiera era uno de esos anuncios molestos. El remitente era desconocido, pero lo que realmente me inquietó fue el asunto: "¿Te acuerdas de mí?" No pude evitar sentir un escalofrío. ¿De quién podría ser? Miré mi bandeja de entrada, buscando algún indicio, alguna pista, pero no encontraba nada. Mi instinto me decía que debía ignorarlo, pero la curiosidad era más fuerte.  Abrí el correo. "Sé lo que hiciste aquella noche. Tienes una hora para devolverlo o todo se sabrá." El mensaje era breve, directo, pero cargado de un tono inquietante que me heló la sangre. Mi mente empezó a hacer conexiones. Había hecho algo en el pasado, algo que nunca conté a nadie, pero… ¿quién podría saberlo? ¿Y por qué ahora? Intenté recordar esa noche, ese evento. Había sido un accidente, algo que nunca quise que saliera a la luz, pero no había d...

El último tren

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Era una noche como cualquier otra. Las luces de la estación titilaban, y el aire frío cortaba la piel con una precisión casi mortal. Mi reloj marcaba las 11:45 p.m. — un momento perfecto para perderse en los pensamientos más oscuros y, al mismo tiempo, en la quietud de la ciudad. Tenía que tomar el último tren para regresar a casa, el último que pasaba por esa estación solitaria. La estación estaba vacía. Solo se oía el susurro lejano de los trenes que se acercaban. El sonido metálico de las vías resonaba en mi mente, como si la estación misma estuviera viva, esperando que alguien llegara a descubrir su secreto. Me senté en el banco, con la mirada fija en las luces al fondo. Me pregunté si alguien más sentiría esa extraña sensación de incomodidad, esa que se agarra a los huesos y te deja la piel fría. El reloj seguía avanzando, y el tren no llegaba. Miré a mi alrededor. No había nadie. Ni una sombra. Solo yo y la espera interminable. Y entonces, en un parpadeo, algo cambió. Algo que no...

El Reloj de la Abuela

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Siempre recordé a mi abuela como una mujer enigmática, llena de historias sobre el pasado y secretos que nunca revelaba del todo. En su casa, había un viejo reloj de péndulo que marcaba el tiempo con un sonido constante y profundo. Decía que había pertenecido a su madre y que, de alguna manera, guardaba los recuerdos de la familia. Una tarde de verano, mientras me quedaba a pasar la noche, el reloj comenzó a sonar extrañamente. Eran las tres de la mañana, una hora en la que la casa estaba sumida en un silencio inquietante. Me desperté, sintiendo una presencia en la habitación, pero no podía ver nada. Aun así, el tic-tac del reloj parecía más intenso, como si estuviera marcando algo más que el tiempo. Decidí levantarme y dirigirme al salón. La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras que parecían moverse. Me acerqué al reloj, fascinado por su belleza y su misterio. Justo cuando extendía la mano para tocarlo, sentí un escalofrío. La temperatura en la hab...

La casa abandonada

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  Desde que tengo memoria, la casa al final de la calle siempre ha estado vacía. Nadie se atrevía a acercarse, y las historias sobre su pasado se contaban en susurros. Algunos decían que estaba maldita; otros, que era el refugio de un espíritu atormentado. Nunca había creído en esas cosas, hasta aquella noche. Era una noche de tormenta, con relámpagos iluminando el cielo y truenos que resonaban como gritos lejanos. Mis amigos y yo, buscando una aventura, decidimos explorar la casa. Nos armamos de valor y nos acercamos a la entrada, que crujió ominosamente al abrirse. La oscuridad nos recibió como un abrazo helado. Con linternas en mano, cruzamos el umbral. El aire era pesado, y el olor a humedad invadía nuestros sentidos. Las paredes estaban cubiertas de polvo, y los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas como fantasmas. Cada paso resonaba en el silencio, y el eco parecía burlarse de nosotros. Al llegar al salón principal, nos encontramos con un espejo antiguo. Su superfi...