El último tren
Era una noche como cualquier otra. Las luces de la estación titilaban, y el aire frío cortaba la piel con una precisión casi mortal. Mi reloj marcaba las 11:45 p.m. — un momento perfecto para perderse en los pensamientos más oscuros y, al mismo tiempo, en la quietud de la ciudad. Tenía que tomar el último tren para regresar a casa, el último que pasaba por esa estación solitaria.
La estación estaba vacía. Solo se oía el susurro lejano de los trenes que se acercaban. El sonido metálico de las vías resonaba en mi mente, como si la estación misma estuviera viva, esperando que alguien llegara a descubrir su secreto. Me senté en el banco, con la mirada fija en las luces al fondo. Me pregunté si alguien más sentiría esa extraña sensación de incomodidad, esa que se agarra a los huesos y te deja la piel fría.
El reloj seguía avanzando, y el tren no llegaba.
Miré a mi alrededor. No había nadie. Ni una sombra. Solo yo y la espera interminable. Y entonces, en un parpadeo, algo cambió. Algo que no pude identificar. Como si de repente, la estación estuviera… más oscura. Mis ojos recorrieron el lugar, buscando alguna señal. Pero no vi nada, nada más que el andén desierto.
El tren debería estar llegando. La última vez que lo había tomado, siempre llegaba puntual, ni un minuto más, ni un minuto menos. Pero esta vez… había algo extraño. Sentí un escalofrío en la espalda.
De pronto, escuché un ruido, algo como un susurro detrás de mí. Giré rápidamente, pero no vi nada. El silencio regresó, esta vez más denso. Solo el sonido del viento moviendo las hojas secas en el suelo. A lo lejos, vi las luces del tren acercándose, una visión borrosa a través de la niebla. Mi corazón dio un brinco. Pero había algo raro en ese tren, algo que no encajaba con lo que conocía.
El tren se detuvo con un chirrido agudo. Las puertas se abrieron, pero no había conductor. No había ningún pasajero. Solo un espacio vacío que me llamaba, como si esperara que subiera. Una sensación de urgencia me invadió, y antes de poder detenerme, me encontré caminando hacia esas puertas abiertas.
El tren estaba oscuro, más oscuro de lo que cabría esperar a esa hora. Ni siquiera las luces internas parpadeaban. Sin embargo, no pude resistir. Subí, impulsado por una fuerza que no podía controlar.
Las puertas se cerraron detrás de mí con un golpe seco. El tren comenzó a moverse, pero no en dirección correcta. No estaba en la vía que normalmente tomaba para llegar a casa. Miré por la ventana, pero el paisaje fuera de ella era irreconocible. Todo estaba distorsionado, como si el mundo fuera un reflejo roto de la realidad.De repente, escuché una risa suave, casi inaudible, proveniente de algún lugar en el fondo del tren. La risa era escalofriante, una mezcla entre un susurro y un sollozo. Tragué saliva y avancé con paso cauteloso, buscando el origen del sonido. Al final del pasillo, vi una figura. Estaba allí, de pie, inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un lado.
El rostro de la figura no era humano. Sus ojos eran oscuros como la noche misma, vacíos, sin pupilas. Su boca estaba torcida en una sonrisa macabra. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y el aire se volvió denso, pesado.
“¿Por qué estás aquí?”, preguntó la figura, con voz suave pero temblorosa.
“Estoy… buscando mi camino a casa,” murmuré, incapaz de apartar la vista de esa criatura.
“Este no es tu camino,” respondió la figura, sus labios todavía curvados en esa sonrisa. “Nunca lo ha sido.”
En ese momento, el tren se detuvo abruptamente. Las luces parpadearon y se apagaron por completo. La oscuridad me envolvió por completo, y la figura desapareció en la negrura. Un grito sordo atravesó el aire, seguido de un silencio mortal. Entonces, las puertas del tren se abrieron nuevamente.
Me encontré de nuevo en la estación. Pero algo había cambiado. Las luces ya no titilaban. El reloj ya no marcaba las 11:45 p.m. Estaba en un lugar distinto, en un tiempo distinto. Y el tren, que ahora estaba parado frente a mí, me esperaba una vez más.
Pero esta vez, no me atreví a subir.
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