El pasajero de medianoche
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Era una noche oscura y fría, y las luces del tren brillaban débilmente en la distancia, como si fueran faros perdidos en la neblina espesa. El viento soplaba con fuerza, y el silbido del tren resonaba en la quietud del paisaje nocturno. Dentro del vagón, los pocos pasajeros se acomodaban en sus asientos, ajenos a lo que estaba a punto de suceder.
Sofía, una joven que viajaba sola, observaba a través de la ventana, sintiendo el vaivén del tren como un arrullo que le provocaba somnolencia. El destino de su viaje no importaba mucho; ella solo deseaba llegar a su destino, escapar de la rutina diaria que la había ahogado por meses. Sin embargo, esa noche no sería una cualquiera.
El tren avanzaba a gran velocidad cuando, de repente, un leve crujido se escuchó desde el vagón trasero. Sofía levantó la vista, inquieta, pero pronto desestimó el sonido. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a los ruidos extraños en los trenes. Sin embargo, la atmósfera dentro del vagón comenzó a volverse extrañamente tensa. El silencio se tornó más denso, como si todo el tren contuviera la respiración.
Fue entonces cuando la puerta del vagón se abrió de golpe.
Un hombre entró apresuradamente. Su rostro pálido y sus ojos oscuros se distinguieron en la penumbra. Llevaba un abrigo largo y sucio, y su presencia causó un estremecimiento colectivo entre los pocos pasajeros. Nadie le prestó mucha atención al principio, ya que el tren seguía su curso y todos estaban absortos en sus pensamientos o en sus teléfonos. Pero algo en su comportamiento desentonaba.
El hombre caminó lentamente por el pasillo, observando a cada pasajero como si estuviera buscando algo. Sofía no pudo evitar notar su mirada fija en ella durante unos segundos. El corazón de la joven comenzó a latir más rápido, y un escalofrío recorrió su espalda. Había algo en el aire, algo que no podía identificar, pero que la ponía en alerta.
Finalmente, el hombre se detuvo frente a ella. Miró hacia la ventana, luego a Sofía, y con una voz grave y susurrante, dijo:
"Es usted la última pasajera."
Sofía frunció el ceño, confundida. "¿Perdón?", preguntó, casi sin poder creer lo que acababa de escuchar.
El hombre, sin responder, se inclinó hacia ella, y en ese momento, el tren frenó de manera brusca. Un sonido metálico desgarró la noche, y las luces parpadearon antes de apagarse por completo. La oscuridad absoluta envolvió el vagón, y un silencio mortal se apoderó de todos.
Sofía, completamente desconcertada, intentó encender la linterna de su teléfono, pero no pudo. El hombre, de repente, desapareció en la oscuridad, y el tren, ya sin sonido, comenzó a moverse nuevamente, como si nada hubiera sucedido.
Cuando las luces volvieron a encenderse, los pasajeros parecían no haber notado nada raro. Nadie parecía recordar al extraño hombre ni el extraño crujido que había precedido su llegada. Sofía miró a su alrededor, pero la sensación de inquietud no desapareció. A lo lejos, pudo ver una estación vacía y desierta, con un letrero que indicaba que estaba cerca de su destino.
Al día siguiente, Sofía intentó recordar lo que había ocurrido, pero no podía. El hombre, el vagón vacío, la sensación extraña... todo parecía haberse desvanecido en la niebla de la noche. Al llegar a su destino, miró alrededor buscando alguna pista, pero todo estaba en calma.
Sin embargo, algo inquietante la hizo detenerse: en la plataforma, en la esquina de la estación, había una figura observándola. Un hombre con un abrigo largo, mirando hacia ella con ojos oscuros. Y esta vez, no había tren.
El misterio del pasajero de medianoche seguía persiguiéndola, incluso después de su llegada.
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