La casa abandonada

 

Desde que tengo memoria, la casa al final de la calle siempre ha estado vacía. Nadie se atrevía a acercarse, y las historias sobre su pasado se contaban en susurros. Algunos decían que estaba maldita; otros, que era el refugio de un espíritu atormentado. Nunca había creído en esas cosas, hasta aquella noche.

Era una noche de tormenta, con relámpagos iluminando el cielo y truenos que resonaban como gritos lejanos. Mis amigos y yo, buscando una aventura, decidimos explorar la casa. Nos armamos de valor y nos acercamos a la entrada, que crujió ominosamente al abrirse. La oscuridad nos recibió como un abrazo helado.


Con linternas en mano, cruzamos el umbral. El aire era pesado, y el olor a humedad invadía nuestros sentidos. Las paredes estaban cubiertas de polvo, y los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas como fantasmas. Cada paso resonaba en el silencio, y el eco parecía burlarse de nosotros.

Al llegar al salón principal, nos encontramos con un espejo antiguo. Su superficie estaba empañada, pero al acercarnos, notamos algo inquietante: una figura oscura reflejada detrás de nosotros. Nos giramos rápidamente, pero no había nadie. La risa nerviosa de mis amigos resonó en el aire, pero yo sentí un escalofrío recorrerme la espalda.



Decidimos seguir explorando, pero la tensión aumentaba con cada habitación. En la cocina, encontramos un viejo diario. Sus páginas estaban amarillentas, y las palabras estaban escritas con una caligrafía temblorosa. Había relatos sobre una familia que había desaparecido en circunstancias misteriosas. La última entrada decía: “No puedo escapar. Ella viene por mí”.

De repente, una puerta se cerró de golpe en la planta superior, y un grito ahogado resonó en el aire. Mis amigos y yo nos miramos, el miedo palpable en nuestros rostros. Sin pensarlo, decidimos salir corriendo, pero al intentar abrir la puerta de la entrada, descubrimos que estaba trancada.

El pánico se apoderó de nosotros. Comenzamos a buscar otra salida, y en ese momento, una sombra se deslizó por el pasillo. La figura de una mujer, con un vestido blanco desgastado, se desvanecía en la oscuridad. Su rostro era inalcanzable, pero sus ojos parecían llenos de tristeza.

“No deben estar aquí”, susurró, y el aire se volvió helado.

Finalmente, encontramos una ventana en el fondo de la casa. La rompimos y saltamos al exterior, aterrizando en el césped empapado. Sin mirar atrás, corrimos hasta que las luces de la calle nos envolvieron. La casa quedó atrás, pero la imagen de la mujer y sus palabras se quedaron grabadas en nuestra mente.


Nunca más regresamos. La casa sigue ahí, silenciosa y temida, un recordatorio de que algunas puertas no deben abrirse, y que algunos secretos están destinados a permanecer enterrados en la oscuridad.



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